En 1892 se descubrió que los huesos son sensibles a la actividad física de las personas, ajustando a ellas su forma y densidad. Por eso los deportistas y los trabajadores manuales desarrollan esqueletos más densos que los demás.

Por su actividad, los pianistas desarrollan unos nudillos más gruesos, y los bailarines de ballet tienen los dedos de los pies ligeramente más largos. Los vuelos espaciales han demostrado que lo contrario también es cierto, y que si no se emplea, el esqueleto se deteriora (los astronautas del Géminis V perdieron más del 20% de la masa de algunos de sus huesos). De igual forma, los huesos de una pierna escayolada pueden sufrir una descalcificación de hasta el 30%.

Cuando los huesos están sometidos a una presión física aparecen en ellos pequeñas corrientes eléctricas que son transmitidas en los puntos de compresión. Se cree que este efecto es lo que estimula la producción y remodelación del huesos. Así sucede, por ejemplo, durante la reparación de las fracturas.