Sida | La rendición de las defensas corporales

El sida (síndrome de inmunodeficiencia adquirida) es la última etapa de una infección provocada por el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH), que ataca a las células responsables de proteger el organismo de cualquier enfermedad.

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Millones de personas infectadas actualmente en el mundo por esta enfermedad.
Los primeros casos de sida se diagnosticaron en 1981 y, desde entonces, han aumentado de forma notable. En la actualidad se calcula que hay 40 millones de personas infectadas, de las cuales 28 millones viven en el África subsahariana. El VIH ha matado a más de 20 millones de personas sólo en los últimos años y se extiende a una velocidad vertiginosa, infectando a miles de personas cada día. La previsión es que la epidemia se frenará en los países ricos, pero continuará extendiéndose en los menos desarrollados.

Este virus tiene una vida muy corta fuera del organismo, así que la vía de transmisión sólo se produce mediante un contacto físico que incluya el intercambio de fluidos corporales. Las principales formas de contagio son tres: mantener relaciones sexuales sin protección, compartir material contaminado con sangre infectada –como una jeringuilla– y que una mujer embarazada y contagiada lo transfiera a su hijo. No se propaga por las lágrimas, la orina, la saliva ni el sudor.

Cuando el VIH ingresa en nuestro cuerpo ataca a los glóbulos blancos, y también a células del cerebro y de la médula espinal. Entre los glóbulos blancos afecta especialmente a un tipo de linfocitos T. Penetra en su interior, comienza a dividirse y cuando se ha multiplicado numerosas veces, se libera destruyendo los linfocitos; por eso disminuye la capacidad defensiva del organismo. 

En las primeras semanas tras la infección con el VIH el nivel de virus es tan bajo que es imposible hallarlo. Esta etapa puede durar de tres a seis meses; después, el VIH resulta detectable mediante análisis, pero la persona no muestra ningún síntoma: es seropositiva. La media de este estado son diez años, y aunque el infectado no muestre manifestaciones, sí puede transmitir el virus.

Tras ese decenio los niveles de VIH en sangre aumentan, y aparecen los síntomas de lo que se conoce como sida. Hay síntomas tempranos, que incluyen pérdida severa de peso y fatiga, y  tardíos –debidos a la bajada de defensas– que engloban la aparición de infecciones secundarias y cánceres, como el sarcoma de Kaposi o diversos linfomas. Lo habitual es que estas dolencias oportunistas son las causantes de la muerte del enfermo de sida, y no el mismo VIH de forma directa.  

Hasta hace pocos años, la enfermedad era progresiva y mortal. En la actualidad,  aunque no existe un fármaco que acabe con el VIH, hay tratamientos que reducen el número de virus en sangre, retrasando la aparición del sida.