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I'd like to be under the sea In an octopus' garden in the shade He'd let us in, knows where we've been In his octopus' garden in the shade I'd ask my friends to come and see An octopus' garden with me I'd like to be under the sea In an octopus' garden in the shade. We would be warm below the storm In our little hideaway beneath the waves Resting our head on the sea bed In an octopus' garden near a cave We would sing and dance around because we know we can't be found |
I'd like to be under the sea In an octopus' garden in the shade We would shout and swim about |
| "Me gustaría estar bajo el mar, en un jardín de pulpo, a la sombra." Así comienza la canción Octopus’ Garden, un tema de Ringo Star que forma parte de Abbey Road, el último disco del mejor conjunto pop de la historia de la música. Fue grabado en el verano de 1969. Ringo, que por cierto tiene en ese LP el único solo de batería que grabó con The Beatles, aprendió de un pescador que los pulpos tenían la costumbre de acumular objetos curiosos a la puerta de la cueva donde pasan las horas. Ese conjunto de conchas, piedras llamativas, caparazones y otros objetos conforman una especie de instalación que muy bien puede ser calificado de jardín. Algo bonito a la puerta de tu casa. Ese era el motivo de la canción. Cuando comenzó la construcción del Aquarium Finisterrae, en la costa que por las noches recibe el haz de luz de la Torre de Hércules, en La Coruña, vimos que existía una furna horadada por las mareas en el acantilado, al lado de la cual podía construirse una piscina. Aquella gran cueva podía ser el pretexto para un jardín que albergase a un centenar de pulpos. In an octopus' garden near a cave. En otros acuarios del mundo tienen algún pulpo, solitario. Muchas veces el animal que anuncia el cartel es invisible, pues no quiere salir de su guarida. Pensamos en construir para nuestra piscina de pulpos un escenario acorde con The Beatles y aquella última etapa del grupo musical que alegró nuestra juventud. Sería un escenario en clave onírica, lleno de ánforas, tesoros, sueños y deseos. Cada pulpo tendría su refugio. En la idea estaba la garantía para que el público que visitase la Casa de los Peces pudiera tener el privilegio de ver nadar a un pulpo, de mirar cómo camina, abre su paraguas y vuela por el agua. Hacía falta colocar muchos pulpos, para asegurarnos de que siembre alguno estaría fuera de su cueva. Desde entonces, allí hemos visto cómo los pulpos hacen sus jardines. Y también cómo muchas personas han despertado su curiosidad hacia unos animales que previamente solo conocían en rodajas. Esos colegas son miembros de una familia que se nos antoja con pies y cabeza. Ramón Núñez |
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