Cefalópodos, ¿los invertebrados más avanzados?
La falacia de la sabia naturaleza
“La selección natural no trabaja como un ingeniero, sino como un chapucero, un chapucero que todavía no sabe qué va a producir, pero recupera todo lo que le cae sobre sus manos, los objetos más heterogéneos,… un chapucero que aprovecha todo lo que encuentra a su alrededor para obtener algún objeto que sea útil”
François Jacob
En algunos aspectos, el comportamiento de los cefalópodos no es más reseñable que el de muchos peces, aves, o mamíferos que compiten con ellos. Packard, prestigioso teutólogo, aseguraba que se podría decir que los cefalópodos actuales son “vertebrados honoríficos”. Pero sería un error. Son invertebrados, y esto es lo que hace fascinante la complejidad de su comportamiento.
Ningún otro grupo de invertebrados posee tal acúmulo de recursos para la supervivencia: ojos muy desarrollados que proporcionan una buena visión; un eficaz sentido del equilibrio; una especie de oído de bajas frecuencias equivalente a la línea lateral de los peces, que permite detectar presas o depredadores más allá del campo visual; hábil natación y veloz desplazamiento por los fondos; brazos y tentáculos con gran sensibilidad táctil; células de la piel que pueden variar su color o producir luz; fabrican tinta con fines defensivos; y tienen una aglomeración de ganglios en torno al tubo digestivo que funcionan como un auténtico cerebro, capaz de asimilar y procesar toda la información.
No cabe duda que la clase Cephalopoda ha tenido un gran éxito evolutivo. Su diversidad y abundancia certifican este éxito. Durante el largo periplo iniciado cuando se diferenciaron del resto de los moluscos -hace más de quinientos millones de años- pasaron por períodos mejores y peores. Sufrieron los efectos de catástrofes que provocaron extinciones masivas, demostrando pertenecer a un auténtico linaje de supervivientes. Su capacidad de adaptación frente a las caprichosas presiones selectivas externas permite que, hoy en día, más de setecientas especies de pulpos, sepias, calamares y nautilus proliferen por todos los mares, desde los polos al ecuador, y desde la misma orilla hasta las más profundas fosas oceánicas.
Con estos antecedentes no es de extrañar que la práctica totalidad de la bibliografía que trata de los cefalópodos presente a estos moluscos como los invertebrados marinos “más avanzados”. Pero, ¿qué significa eso de avanzados? Quizás sea conveniente moderar un poco los halagos. Desafortunadamente, a menudo se utilizan los términos “primitivo” y “avanzado” para diferenciar especies que aparecen pronto en un linaje filogenético de las que aparecen tarde. Así, las especies primitivas serían aquellas que retienen antiguos caracteres presentes en los primeros miembros del linaje.
El error de este planteamiento surge al partir de la base de que lo avanzado es mejor, de forma que lo “superior” (avanzado) debería sustituir a lo “imperfecto” (primitivo). Es una idea completamente equivocada pensar que las especies en evolución se hacen progresivamente mejores. Esta forma de entender los cambios como un camino de progreso hacia la perfección es válida si se emplea en campos como la tecnología, pero no en la biología. La noción de “lo mejor” no es aplicable a los cambios biológicos. Las especies mal llamadas primitivas y avanzadas representan formas diferentes de supervivencia, no necesariamente mejores. Todas ellas han desarrollado estrategias distintas, estando igualmente adaptadas para resolver los problemas inherentes al estilo de vida de cada una. Su diseño debe medirse en función del entorno en que se desenvuelve, no en función de lo que podría llegar a ser. De ahí que muchos científicos propongan usar el término “derivado”, de forma que una especie actualmente viva puede estar más o menos derivada respecto a sus antecesores.
Los cefalópodos son, sin duda, un interesantísimo grupo animal que ha evolucionado por caminos completamente distintos a los seguidos por los vertebrados y se ha ganado, con toda justicia, el título de vertebrados honoríficos. Ni más, ni menos, porque avanzados lo son en la misma medida que cualquier otro ser vivo que ha llegado a la actualidad, ya que todos representamos formas distintas de supervivencia.
Quizás la explicación al hecho de que se siga considerando tanto más avanzados a aquellos animales cuanto más se parezcan al hombre, se deba a cierta pervivencia de las teorías ya defendidas por Ernst Haeckel en “La evolución del hombre” (1896); en él se expresa la idea de que éste se encuentra en la cima de la evolución, de tal forma que la naturaleza escalaba, de una especie a otra, en la dirección de pasar de lo primitivo a lo perfecto.
Pero lo cierto es que el Homo sapiens no es más que uno de tantos millones de productos de la selección natural, y de la misma forma que los cefalópodos o cualquier otra especie viva, simplemente compartimos el momento evolutivo actual con las demás, cada una con su propia historia y todas ellas adaptadas a su forma de vida.
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