Al tener cabeza de caballo, cuerpo como de oruga y con los ojos y la cola propios de un camaleón, no resulta sorprendente que mucha gente considere a estas extrañas criaturas como producto de la fantasía, asociándolas a las sirenas, los unicornios y las serpientes marinas. Es fácil entender cómo los antiguos mercaderes eran embaucados, haciéndoles creer que al adquirirlos estaban comprando crías de dragón.
Sin embargo, la realidad es aún más extraña que la ficción. Se trata del único pez con cuello, una increíble criatura que nada erguida gracias al tembloroso movimiento de su aleta dorsal y que es capaz de variar repentinamente su velocidad cuando quiere escapar de un depredador. Cuando descansa resulta casi imposible de localizar entre las matas de algas o de coral en las que se cuelga enroscándose con su cola prensil. Incluso sus cuerpos parecen algas, con unas pequeñas bolsitas de carne. Oculto del enemigo y camuflado para la presa, el caballito de mar es un depredador que se mantiene al acecho y que espera pacientemente hasta que algún pequeño crustáceo, familiar del camarón se aproxima, y entonces lo sorbe con su boca tubular, con tal potencia que se deshace antes de ser tragado.
Lo más increíble de todo son los hábitos de reproducción de los caballitos, ya que en este caso es el macho quien se queda preñado. No sólo aloja los huevos que la hembra deposita en su cuerpo para que sean fertilizados, sino que también los baña en fluidos nutritivos y soporta los dolores del parto y las contracciones antes de parir a 1.500 copias en miniatura del adulto. Una pareja de caballitos se empareja para siempre, y si tienes suerte en tu visita a la Casa de los Peces podrás ser testigo de la hermosa danza de unión durante la cual la pareja cabecea y se abraza como muestra de fidelidad.
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